Ya sé que me quieres… ¡pero quiéreme mejor!

Hace unos días, cuando me preparaba para escribir esta entrada, leí, por una de esas casualidades que no existen, un artículo titulado “Educar en la corresponsabilidad, en querer bien al otro y a uno mismo” (madre reciente, te me has adelantado). Mi intención era estrenarme en el blog escribiendo sobre inteligencia interpersonal, relaciones y corresponsabilidad (entendemos por corresponsabilidad la implicación de ambas partes en cualquier relación diádica), pero, dadas las circunstancias, habrá que darle un giro al asunto.

Seguramente tú, que nos lees, quieres a alguien. Todos queremos a alguien; todos, salvo algunos perfiles psicopáticos en los que no es mi intención entretenerme, al menos hoy, tenemos sentimientos de amor, ternura y deseos de cuidar a otros seres vivos. Y seguramente, algunos de esos seres sean de tu misma especie.

Pero… ¿podemos podemos querer mejor?

Incontables son las páginas que se han escrito sobre el amor, lo que se siente, lo que se hace, sus implicaciones… En novelas, poemas, ensayos y canciones, se sufre por amor. Y en la vida

¡Que levante la mano el que no haya pasado un mal rato!

Volviendo al tema de las inteligencias, quizá las más relevantes cuando se quiere (y se quiere bien), sean la inter y la intrapersonal. El punto de partida en las relaciones es lo que Daniel Goleman llamó Inteligencia Emocional, “el conjunto de habilidades que se basan en la capacidad de reconocer emociones propias y ajenas que nos guían en el pensamiento y en la acción”. Se trata, por tanto, de competencias actitudinales y de comunicación.

Para querer mejor, no basta con comprender al otro, reconocer y percibir sus sentimientos, necesidades e intenciones y responder de manera adecuada.

Hace falta mucho más que empatía

Y es aquí donde entra en juego lo intrapersonal: ¿qué va a ocurrir si sólo contemplo al otro? Si pierdo de vista mi sentido de la independencia, mi autoestima, mis deseos y mis necesidades, es posible que quiera, quizá quiera mucho, pero no quiero bien. Ni al otro, ni a mí mismo.

Siempre me ha llamado la atención ese adverbio de cantidad en el contexto de “las cosas del querer”. Hace ya algún tiempo tuve la dudosa fortuna de presenciar una discusión de pareja en la que una de las partes formulaba la siguiente petición: “no me quieras tanto”.

Ahora, al escribirlo, se me escapa una sonrisa

Seguramente algunos de vosotros hayáis tenido la experiencia de sentiros asfixiados por el cariño de otra persona: padres, parejas, amigos, hijos… Es una situación compleja que despierta en el objeto de amor sentimientos ambivalentes que, con frecuencia, llevan la relación a un desenlace poco agradable para ambas partes. En esos momentos, no quieres que te quieran, quieres que te respeten.

Para querer mejor, y voy terminando, es necesario construir una percepción precisa del otro y de nosotros mismos, (defectos y manías incluidos), sin fantasear ni idealizar a ninguna de las partes. Esto es de suma importancia, pues resulta necesario para poder aceptar y respetar al otro tal y como es. Muchas veces hacemos grandes esfuerzos por intentar comprender los motivos del otro y, sin embargo, perdemos de vista que no se trata de entendernos, sino de aceptarnos en nuestras diferencias.

¿Y qué es eso de aceptarnos? Nada más (y nada menos) que saber quiénes somos de manera individual: quién soy yo, quién eres tú, y reaccionar de acuerdo con esa información.

En palabras de Antonio Gala:

“El verdadero amor no es el amor propio, es el que consigue que el ser amado se abra a las demás personas y a la vida; no atosiga, no aísla, no rechaza, no persigue: solamente acepta”.

María Jimenez

María Jiménez
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6 comentarios en “Ya sé que me quieres… ¡pero quiéreme mejor!

  1. Gracias por tus post María! Éste me ha resultado muy didáctico. A veces me olvido de que no se pueden poseer todas las virtudes habidas y por haber. Es necesario dejar pasar por alto lo que no nos gusta de los seres “a querer” para dejar que surjan sus mayores cualidades, que a veces son grandes y muy necesarias en la vida cotidiana, pese a que no se vean por no coincidir con las de uno mismo.

    Keep on going, girl!

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    • Gracias a ti, Dani, por tu opinión. A veces es difícil pasar por alto aquellos detalles que nos desquician del otro, pero si nos centramos en ellos, si les damos más valor del que realmente tienen, el malestar que nos generan contamina toda interacción y la relación se hace insoportable. Como decías, las cualidades del otro son numerosas. ¡No las perdamos de vista!

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